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Descifrar a las juventudes: más allá de la apatía

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Vivimos tiempos de desconfianza institucional generalizada, y frente a ella las juventudes han optado por otras vías de participación, ciertamente poco politizadas

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Pasan los años y, entre tantas incógnitas despejadas por los avances del conocimiento humano, parece que hay una condenada a lo indescifrable: comprender a las juventudes. Por supuesto, no hay forma de explicar de manera definitiva ningún actor o fenómeno social, pero pareciera que el de las juventudes es particularmente desafiante.

La más reciente expresión que captó la atención de manera generalizada y que provocó una avalancha de opiniones, fueron los presuntos duelos por lo que las juventudes denominan aura.

Hasta donde entiendo, es una suerte de gracia, carisma o empatía que se cosecha a través de la autenticidad y de la mano de distintos símbolos y expresiones provenientes, en su mayoría, del mundo digital. Ante esta tendencia, no faltó quien expresó frustración y rechazo bajo la expectativa de que los jóvenes deberían invertir su tiempo en actividades de mayor relevancia económica, cultural o política. Sin embargo, como bien apuntó otro sector en el debate de las redes sociales, las batallas de aura lograron reunir a las juventudes en torno a símbolos comunes y las devolvieron al espacio público.

Me atrevería a decir que cada generación gozó de sus propias fugas para escapar a los mandatos y etiquetas impuestas por el mundo adulto, y quizás son precisamente esos escapes lo que ha convertido a las juventudes en un agente político histórico y determinante en los procesos de movilización y transformación social. No quiero decir que farmear aura cambiará al mundo, pero permitir y aceptar la expresión diversa de las juventudes —aunque sea bajo códigos incomprensibles para las personas adultas— es condición de posibilidad para la creatividad política.

La desconfianza en las instituciones políticas
Es cierto que las juventudes actuales son muy distantes de las formas tradicionales de participación, pero no por ello deberíamos generalizarlas con el calificativo de apáticas. El reciente informe Jóvenes en México 2026 elaborado por el Observatorio de la Juventud en Iberoamérica concluye, en su análisis sobre la participación política, que las juventudes se encuentran distanciadas de la participación institucional, pero cercanas a la participación en actividades culturales, deportivas, digitales, religiosas y otras de carácter simbólico. Si bien estas no son propiamente políticas, nos permiten aventurarnos a afirmar que las juventudes no son apáticas y pasivas, sino desconfiadas de los mecanismos tradicionales de participación.

Al respecto, el mismo informe refiere que sólo 1.3 por ciento de las personas de entre 15 y 29 años han participado alguna vez en su vida en alguna actividad vinculada a partidos políticos, y apenas el 19 por ciento declara confiar en los partidos políticos, siendo la peor institución en este rubro, seguido del Congreso, la policía y el gobierno. Destaca también que sólo el 7.3 por ciento de las juventudes consideran como totalmente confiables los procesos electorales, mientras el 35.6 por ciento declara tener poca confianza en ellos. Dicho sea de paso, la institución más confiable para las juventudes son las universidades, con un 61.9 por ciento de respuestas favorables.

Las anteriores cifras, además de dimensionar la desconfianza de las juventudes hacia las instituciones tradicionales, reflejan su similitud con el resto de la opinión pública sobre las instituciones políticas. Vivimos tiempos de desconfianza institucional generalizada, y frente a ella las juventudes han optado por otras vías de participación, ciertamente poco politizadas. Lo importante, mientras tanto, es que ellas siguen buscando espacios de socialización y participación, a contrapelo de la percepción generalizada de su apatía. De hecho, el ya referido informe revela que las actividades políticas con mayor índice de participación entre las juventudes son la firma de peticiones sobre asuntos medioambientales y las manifestaciones.

El valor del actor colectivo para la movilización social
Mientras las juventudes se sigan asumiendo como actor colectivo, habrá una potencia vigente para su movilización social y agencia política. Los símbolos, ritos o actividades comunes a su generación son de gran ayuda para ello.

Ojalá que las juventudes sigan siendo indescifrables, pues ello será síntoma de la novedad que aportan a la sociedad y, con ello, posibilidad para el desdoblamiento de nuevos horizontes. Seamos cautos del prejuicio, pero también críticos para acompañarlas, evitando su generalización a partir de etiquetas, reconociendo su diversidad y promoviendo en ellas una responsabilidad social y política crítica y de vanguardia en estos tiempos de rancios conservadurismos.

Publicado originalmente en Ángulo 7.
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Material gráfico
Misael Chirino Durán
Fotografía
Ramón Tecólt González

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