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Migrantes en la frontera
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Migrar para sobrevivir: humanos y especies no humanas en movimiento

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La migración, en ambos casos, es una estrategia de supervivencia compartida, un acto de resistencia ante condiciones adversas.

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La migración ha sido parte fundamental de la vida en la Tierra, tanto para humanos como para especies no humanas. Sin embargo, en tiempos recientes, los discursos políticos han endurecido las fronteras. Un ejemplo de ello son las políticas migratorias en Estados Unidos de América (EUA). Con la administración actual de Donald Trump, así como sus dos antecesores -Joe Biden y Barack Obama- atestiguamos la diversificación de mecanismos dirigidos a ilegalizar cierto tipo de migración, quizá la más acuciante, aquella que realizan las personas como acto para salvaguardar sus vidas y/o generar las posibilidades mínimas de un futuro promisorio. Aunque la cantidad de cruces irregulares de México a EUA ha fluctuado a lo largo de los años, observándose una clara disminución en el momento actual, nunca se ha detenido.

Además de su dimensión política, la migración es un fenómeno ecológico y social inevitable, arraigado en la necesidad de sobrevivir. Humanos y no humanos migran por razones similares: la búsqueda de recursos. Las aves viajan miles de kilómetros para encontrar alimento y climas adecuados para su reproducción; los humanos han cruzado continentes para escapar de crisis económicas, guerras o el cambio climático. La migración, en ambos casos, es una estrategia de supervivencia compartida, un acto de resistencia ante condiciones adversas.

Curiosamente, humanos y especies no humanas a menudo comparten rutas migratorias. Las mariposas monarca (Danaus plexippus) viajan desde Canadá hasta los bosques de Michoacán, México. En su travesía, coinciden con migrantes humanos en los Estados de Coahuila, Tamaulipas, Puebla y el Estado de México. Estos senderos compartidos narran historias de esperanza y sacrificio, pero también de peligro y barreras.

Los caminos migratorios están plagados de desafíos. La “Bestia”, el tren que transporta a migrantes a través de México es un símbolo de esperanza y peligro, tal como las corrientes térmicas que ayudan a las aves rapaces a cruzar largas distancias, pero que también pueden desviar su trayectoria. La migración no pasa desapercibida para quienes habitan los espacios de tránsito. Ver y ayudar a las mariposas monarcas en su recorrido ha inspirado iniciativas como la plantación de algodoncillo tropical (Asclepias spp.) en ciudades, proporcionando alimento esencial para que puedan completar su viaje. Del mismo modo, refugios y empleos temporales ofrecen un respiro a los migrantes humanos en su trayecto, permitiéndoles continuar con dignidad.

Sin embargo, así como hay apoyo para migrantes humanos y no humanos, también existen amenazas. Los edificios con muros de vidrio representan trampas mortales para millones de aves migratorias, que chocan con ellos en su recorrido. En el mar de Cortés, los proyectos de transporte de gas ponen en peligro la migración de las ballenas, alterando su comunicación y desplazamiento.  

Las políticas disuasorias y represivas para la movilidad humana no han impedido que las personas se desplacen, pero sí que lo hagan en condiciones más precarias, a veces, enfrentándose a barreras “naturales” como ríos, mares o desiertos. El daño producido por las infraestructuras de contención de la migración humana sobre los ecosistemas donde se ubican es un tema poco visible. Por ejemplo, el muro fronterizo de EUA no solo impide el paso de personas, sino también el de jaguares y berrendos, fragmentando ecosistemas enteros y alterando la dinámica natural de la fauna silvestre. 

Migrar es un derecho biológico y social. Como señala Columba González-Duarte (2023), la movilidad con justicia es fundamental para humanos y especies no humanas. Necesitamos un mundo donde la migración no sea una sentencia de muerte, sino una posibilidad de vida. Si comprendemos que nuestras luchas son las mismas, podemos construir caminos seguros para todos los seres que comparten esta Tierra. Porque al final, migrar no es el problema: la falta de justicia en la migración lo es.

Por: Romeo A. Saldaña Vázquez1 y Luisa Alquisiras Terrones2

1. Académico de tiempo del Instituto de Investigaciones en Medio Ambiente Xabier Gorostiaga SJ de la Universidad Iberoamericana Puebla.

2. Investigadora Postdoctoral en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco.

Publicado originalmente en Ambas Manos.
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Material gráfico
Misael Chirino Durán
Fotografía
Ramón Tecólt González

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